In Dieta

Llevo toda la vida siendo “la gorda” de la pandilla, así que hay cosas que sé que me van pasar. Algunas -como lo de ser invisible para los chicos- se quedaron en la infancia, a Dios gracias, pero otras vienen conmigo siempre. Como lo de la comida. ¿Por qué todo el mundo mira lo que comemos las curvies? ¿Qué es lo que causa tanta curiosidad? Da igual que me meta en un restaurante fast food (bien de miradas castigadoras reprobando mi comportamiento) o que me coma una ensaladita de lechuga. Echan un vistazo sobre mí, otro sobre el plato… y a conjeturar. Y no es que sean precisamente lo que se dice discretos, cuando lo hacen, la verdad. Hay un momento del año que llevo especialmente mal con esto: las vacaciones. Porque con ellas viene el buffet y con el buffet un montón de gente dejándome bien a las claras su opinión.

El verano y mi jungla particular

El buffet libre es ese territorio por descubrir, que tanto me recuerda a la jungla: llego y lo primero que toca es explorar el territorio. Que si la isla de las ensaladas, la cocina en vivo, los arroces, si es que vas a Levante, los postres, la fruta… Localizada la comida, me toca sortear hordas de turistas en busca de alimentación. A veces no resulta tarea fácil, pero estoy tranquila porque no es imposible. Con hacer una batida el primer día es fácil saber las mejores horas para bajar a comer sin tener que esperar colar. Viajar en temporada alta es lo que tiene: aquello está atestado.

Hecho todo esto me queda un último paso. Un paso que podría resultar irrisorio si no fuera porque soy gorda de toda la vida y sé lo que pasa cuando como. Me queda superar mi miedo al buffet libre.

Mi miedo al buffet libre, algo que casi me paraliza

Además de mi miedo al bañador, el verano me trae un miedo social al buffet libre que me resulta difícil de controlar. Y mira que lo intento. Y mira que me da rabia tenerlo, porque ahora que, por fin, mi relación con la comida es saludable nada debería perturbarme. Pero tengo miedo.

Comer es un acto social, sobre todo estando de vacaciones. Ya me gustaría a mí comer o cenar a solar con Javi, en una salita a solas, de lo más romántico. Pero no, ja, ja, ja, las vacaciones se hicieron para compartir comidas en un comedor gigante lleno de gente. Gente que me mira según me levanto de la mesa, pero que lo hace, sobre todo, cuando vuelvo a la mesa. Noto cómo escanean todo lo que llevo: el pareo, la parte del maldito bañador que se ve y el plato, sobre todo su contenido. Y los cuchicheos otra vez.

Si me decido por algo rebozado, calamares (ay, qué ricos) por ejemplo, porque un día es un día, escucho “cómo no va a estar así”. Y si no lo escucho, lo veo en sus caras o lo leo en su gesto reprobatorio. Y si lo que elijo es una ensaladita, porque ese día tengo menos hambre o el cuerpo me pide un poco de détox, todo se torna “pobrecita, siempre a dieta, claro”. ¡Como si supieran algo de mi vida! De verdad, que me molesta mucho ese afán constante por juzgar a todo el mundo. ¡Qué manía de meterse donde no les llaman!

Pese a que aún perdura, ahora lo llevo un poco mejor. Poco a poco voy tomando conciencia de que no puede afectarme tanto, pero es un trabajo largo que aún está en proceso. ¡He llegado a no querer bajar al buffet! Tuvo un detonante, claro. Una vez, siendo mucho más joven, me quedé paralizada en medio del comedor, con el plato en las manos. Pasó lo de siempre, pero ese día algo hizo clic y me sobrepasó. El resto de las vacaciones estuve bajando a comer o a cenar a ultimísima hora, cuando casi no quedaba nadie. Si algún día, por lo que fuera, había gente de más, me marchaba y pedía algo en el bar. Ahora tendría mis barritas de frutos del bosque para solucionarlo. Este año me he propuesto no vivir nada parecido. ¿Lo conseguiré?

Si quieres conocer la historia de Mónica:

Mónica, la disfrutona

El examen de conciencia de Mónica

¿Por qué me paso más tiempo eligiendo bañador que pareo?

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