In Deporte

Yo soy Sofía, aunque mis amigas me llaman la “fit”. Desde que descubrieron que soy la única capaz de renunciar a unas cañas por ir a Crossfit, me la tienen jurada. Lo sé, la envidia les corroe. Tengo 34 años y hace cinco descubrí el mundo del deporte. Siempre digo que volví a nacer. Soy de las que cree que el deporte es la mejor terapia de todas para cualquier problema: ¿Te has peleado con tu jefe? Levanta pesas. ¿Se te ha roto la lavadora? Sal a correr. Y así, con todo.

Pero no soy una obsesa, ¡eh! Aunque voy a clases de Crossfit, creo que este año me decidiré a coger un entrenador personal. Necesito un poco de variedad en mi rutina deportiva. Creo que con hacer deporte tres veces por semana es suficiente, así tengo tiempo de hacer otras cosas como pasar tiempo con mi familia.

Mi marido es como yo. Nos conocimos en una carrera solidaria hace ya 10 años, y desde entonces no nos hemos separado. Tenemos dos hijos que han heredado nuestra afición por el deporte. No hay nada que me haga más feliz que salir  todos con las bicis o a hacer deporte al aire libre. Sufriré cuando se hagan mayores y decidan correr sin mí… intento no pensarlo demasiado.

Cuido mi alimentación… dentro de lo posible, porque no me pierdo un plan con las chicas alrededor de una mesa. Ya se sabe… entre anécdota y copa de vino cae una croqueta. Pero, con ellas, lo disfruto. Quiero a mis amigas lo que no está escrito y por ellas soy capaz de pedirme una hamburguesa y un postre. En este punto mi amiga Lucía apuntaría “dirás en los días que no hay Crossfit”, y yo le daría la razón, claro. Los días de Crossfit son sagrados. Lo siento, chicas. Hago verdaderos análisis de los platos que pedimos: y comprobar si cumplen con el plato de Harvard. Dicen que las tengo aburridas, pero sé que en el fondo cogen apuntes mentales. Hasta una vez Elisa me lo reconoció. Así que no pienso dejar de hacerlo. Ahora me encuentro en pleno proceso de meterlas en el mundo de la L-carnitina y las barritas de entre horas. Sé que me va a costar…

No tengo miedo de admitir que soy muy exigente conmigo. Siempre creo que se puede hacer un poquito más de lo que se hace. La autosuperación es mi palabra favorita y me gusta ayudar a los demás a conseguirlo. Pero, ¡ojo! Conozco el límite y tengo muy claro que cada persona es un mundo. Mi condición como profesora no me permite pensar de otra forma.
La empatía es algo que he desarrollado entre clase y clase de inglés. Sé lo que es el esfuerzo y que, a veces, por mucho empeño que le pongas, cuesta ver el resultado. ¡Pero llega!  Siempre se lo repito a Mónica cuando la animo a que se apunte conmigo al gimnasio. Y creo que por fin está surtiendo efecto porque el otro día me pidió los horarios de las clases. ¡Puede ser tan divertido si vamos juntas! Os cuento desde la página de Siken en Facebook si finalmente lo consigo. Es muy tozuda pero ella sabe que los burpees serían más divertidos si los hiciéramos juntas.  

 

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