In Dieta

El hotel, con su piscina, su playa y su buffet, cada vez está más cerca. Y a mí, como diría mi abuela, se me abren las carnes con solo pensarlo. Resulta que, casi cuando estaba cerrando la maleta, otro de mis miedos vino a susurrarme en el oído. Creo que es el último, pero no lo puedo asegurar. Lo de abrazarme a mí misma tal como soy no está yendo todo lo rápido que yo esperaba. ¿Cómo ha surgido otro miedo? Pues yo tampoco pensaba que me quedara ninguno más. Entre el pareo y el buffet libre creía que lo tenía todo cubierto. Pero… no. Me quedaban las malditas noches de verano, que son muy bonitas, pero también un poco puñeteras. Estaba haciendo la lista de las cosas que tengo que meter en la maleta. Me había sobrepuesto al número de pareos que voy a llevarme, pese a mi decisión de no ponerme ninguno. Con toda la confianza en mí misma que fui capaz de reunir, anoté mis sabores favoritos de barritas para matar el hambre entrehoras, que tengo que hacer pedido online para que me lleguen a tiempo. Empecé a repasar los modelitos, los vestidos largos y vaporosos que serán mi outfit por la noches. Y… oh, wait!

Mis noches de verano, una mirada con cariño a mi realidad

No sé si alguna vez te habrá pasado, pero, para mí, lo peor del verano no es controlarme por el día. Que sí, que ya es difícil, estando por ahí, conseguir no ceder a todas las tentaciones que se presentan. Ya es complicado hacer elecciones conscientes y renunciar a las hipercalóricas. Y cuando lo has conseguido llega la noche. Y la animación del hotel. Y las copas, con sus calorías vacías, y las chuches o los frutos secos tostados e hipersalados que ponen a veces para acompañarlas. Y el hambre, el hambre que he controlado durante todo el día que por la noche no me deja casi ni dormir. Y eso contando con que todo vaya bien, porque como haya tenido algún problema, el hambre emocional es aún más grande que la física y me bajaría al bazar de la esquina o a la máquina de vending del pasillo y me lo compraría todo. Y lo que es peor, me lo comería.

Y entonces sí que me abrazaría. Me abrazaría fuerte porque a veces sigo teniendo miedo, un miedo irracional que ni siquiera Javi es capaz de calmar. Y me cuesta recordar por qué me controlo con la comida y cómo he llegado hasta aquí. Porque mi mente empieza a repetirme eso de “no eres capaz, no tienes fuerza de voluntad” y yo lo compro como si fuera una verdad irrefutable.

La promesa de un verano mejor

Hoy, mientras hacía la lista de la maleta, lo he visto todo en perspectiva. Me he visto cada año, sufriendo un mismo ciclo y he tomado una decisión. Quizá la decisión más serena que he tomado en mi vida. Voy a cambiar la tendencia. Igual que ahora soy la mejor en la clase de zumba, mi fuerza de voluntad va a ser la más fuerte de la pandilla. Ya está bien. Dicen que, para desencadenar un cambio, hay que empezar por hacer las cosas de manera diferente. Así que… a tomar viento la lista de vestidos largos y vaporosos. Vestidos sí, pero también faldas y tops y bermudas, como las chicas de WeLoversize que llevan esos modelitos tan ideales. Que la vida son dos días y yo ya he gastado uno.

¡Verano, allá voy! Esta vez no me voy a defraudar.


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